jueves, 15 de noviembre de 2012

Los partidos y la economía. Nadie es lo que parece

Después de cada proceso electoral nos hemos acostumbrado a escuchar una letanía de excusas y lamentaciones sobre lo fraccionada que está la izquierda frente a la derecha, que se presenta unida en una única oferta monolítica encarnada en el Partido Popular. Esta afirmación, aunque no llegue a ser del todo falsa, esconde una realidad mucho más engañosa: la de la identidad política de cada partido. Esta identidad se separa en nue?stro país en dos muy distintas. Por un lado, la identidad pública, la que nos intentan vender con sus eslóganes y mítines. Por el otro, la identidad real, la que se demuestra en sus actos y que se conforma a su vez en la conjunción de varios aspectos, siendo los principales, en mi opinión, el componente social y el económico.


¿Quién vota, y por qué, a los partidos de derechas?

Los partidos clásicos de derechas en España dicen tener, en general, una raíz democristiana (aunque a veces es más próxima al nacional-catolicismo) y un ideario económico liberal –o neoliberal-, pero en los círculos económicos de la derecha más neoliberal, se les acusa de apartarse de esta vía natural y caer en ciertas actitudes “socialistas”. En este sentido, para un verdadero neoliberal, el intervencionismo mostrado con la nacionalización de Bankia, las subidas de impuestos, lo que consideran una reforma laboral “a medias”, o la insuficiente liberalización de los mercados y privatizaciones públicas, son graves faltas contra este ideario. Todo ello respondería, según ellos, a una cierta resistencia a adoptar estas medidas sin complejos, debido al miedo de estos partidos de derechas al rechazo social que esas políticas podrían acarrear. No obstante, podría decirse claramente que todos los que votan al PP, a CIU o al PNV, saben perfectamente cuáles son, en mayor o menor medida y en ausencia de situaciones excepcionales, los principios económicos que van a seguir sus dirigentes: privatizaciones, liberalizaciones y cuanto menos Estado, mejor. Desde el punto de vista de la propaganda, además, se ha mitificado la mejor preparación económica de los partidos de derechas frente a los de izquierdas, lo cual ha sido bastante fácil, teniendo en cuenta que el modelo económico imperante, el neoliberal, es el defendido abiertamente por la derecha.

Desde el punto de vista del modelo social, el ideario democristiano (o en ocasiones y como decíamos antes, nacional-católico) defendido por los partidos políticos de derechas se apoya en la defensa de las tradiciones, y especialmente en España, en una influencia enorme de la iglesia católica en sus postulados, lo que resulta en una posición claramente inmovilista, cuando no regresiva y reaccionaria. Desde la propaganda, además, se ha revestido de una imagen de firmeza y dureza frente a la delincuencia, y particularmente frente al terrorismo de ETA. Este ideario atrae claramente a la población socialmente conservadora. Demográficamente, a los ancianos –que cada vez son más en proporción-, así cómo a católicos y ultra católicos; y también a anti izquierdistas, a los que todo lo que suene a socialismo o comunismo les repele o les asusta.

Entonces, ¿Porqué hay trabajadores de toda índole, desde obreros a funcionarios, que votan a partidos de la derecha? ¿Son todos ultra católicos?, ¿Anti izquierdistas?, ¿Neoliberales?... Ni mucho menos.

Por un lado, tenemos el hecho de que muchos de los votantes se fían de la propaganda de mayor eficacia en la gestión económica, habiéndose beneficiado además, en el caso del PP, de haber gobernado en periodos de expansión económica a nivel europeo o mundial. Muchos de los votantes de éste partido no saben (o no quieren saber) que la actual crisis no se originó en los gobiernos de Zapatero (cuyo pecado es más bien no haber tomado medidas para evitarla), sino que tiene su origen en la entrada al mercado común europeo durante el mandato de Felipe González, y sobre todo de las medidas adoptadas por el gobierno de Aznar para asegurar la entrada de España en el Euro, siendo estas políticas –principalmente la ley del suelo del PP- causantes en gran medida de la burbuja inmobiliaria que nos ha explotado en plena cara. Por otro lado, la naturaleza internacional de la crisis –que negaban en gran medida cuando estaban en la oposición-, les sirve ahora de excusa para externalizar sus responsabilidades. Los recortes y el sufrimiento no nos llegan por su mano, sino porque son medidas “que no les gustan” pero que tienen que adoptar porque “no hay alternativa”. Evidentemente, esto es falso, pero el votante medio de derechas quiere creer y cree lo que le dicen sus líderes.

Por otro lado, existe un efecto psicológico perverso que hace que mucha gente humilde se vea a si misma poco preparada para gestionar sus propias vidas y mucho menos un país. Esta gente, pide y necesita un líder, un guía e incluso en los casos más extremos un amo, que piense y decida por el. Alguien capaz, alguien de la “élite”, y es más fácil identificar la élite con los partidos de derechas, ya que son los herederos de los antiguos estamentos: la nobleza y los terratenientes. Esta gente, a la hora de depositar su confianza, recela de aquellos que dicen ser un obrero como él, ya que si ellos se ven incapaces de gestionar sus vidas, ¿Cómo va a hacerlo mejor quien dice ser su igual? Es la moral del esclavo.

En definitiva, la imagen de ortodoxia económica, la resistencia a los cambios sociales y una posición dura respecto a los asuntos de orden público y delincuencia, atraen a la gente que tiene miedo al cambio. La incertidumbre, el miedo a perder lo que uno tiene, el miedo a que lo que venga sea peor, a que se derrumbe el sistema conocido -aunque sepamos que es deficiente- sin saber qué vendrá después, el miedo a “los experimentos”, el refugio en “los que saben mandar desde siempre”, es y ha sido siempre el caldo de cultivo de la derecha, y la razón por la que trabajadores humildes terminan votando por una opción que, a priori, parece contraria a sus intereses.

Por su parte, los partidos nacionalistas de derechas, comparten muchas de las características que hemos comentado anteriormente, y añaden como peculiaridad propia, el tener siempre la excusa de que la culpa de todo lo malo que pasa bajo su gestión, es del gobierno central. De esta forma, e independientemente de que se puedan producir injusticias derivadas del diseño económico y territorial del Estado, externalizan las responsabilidades de sus errores y las consecuencias de sus propias políticas. 

¿Quiénes pueden disputarles el voto a los partidos de derechas? Pues claramente, pueden quitárselos entre ellos mismos atendiendo a razones territoriales, y en el caladero de los partidos nacionalistas de derechas pueden colarse también los nacionalistas de izquierdas, recogiendo parte del voto que se mueve por consignas identitarias nacionalistas.

Por otra parte, también se produce cierto grado de trasvase de votos de éstos partidos con el otro gran partido nacional, el PSOE, como voto de castigo, pero eso nunca pasará con los votantes más conservadores que jamás votarían a algo que suene mínimamente a izquierda (Y eso de socialista y obrero, les suena bastante mal), y por tanto, como mucho se abstendrán, o seguirán votando al mismo partido de siempre como mal menor.

Aquí es donde entra la recurrente afirmación de que la derecha está unida, ya que sólo existe un gran partido nacional, el Partido Popular. En esta afirmación se desprecian –de forma correcta en mi opinión- formaciones de extrema derecha, próximas o inmersas en el fascismo, que recogen un voto muy residual. Algunos pueden argumentar que ahora existe la alternativa de UPyD, con apoyo creciente, y al que mucha gente mete dentro del saco de los partidos de derechas, pero otra mucha gente no tiene nada claro aún por dónde “respira” este partido, y queráis que no, Rosa Díez fue no hace tanto una “roja sociata”, lo cual para muchos votantes de derechas, implica que no es de fiar.

Todo lo expuesto anteriormente, nos lleva a la siguiente cuestión central de este análisis:

¿Qué es el PSOE y por qué votarle?

Por muy fans que seamos del partido, nadie puede a estas alturas decir que el PSOE representa a la clase obrera, ni mucho menos que sea socialista en un sentido clásico y pretenda implantar la “dictadura del proletariado”, ni tan siquiera que pretenda alcanzar el socialismo mediante transformaciones y reformas democráticas del sistema capitalista, como pretendían los primeros socialdemócratas. El PSOE, actualmente, podría definirse, si acaso, como “socioliberal”, que viene a ser algo así como “liberal acomplejado”, o “liberal con conciencia social” Y tiene en lo económico, los mismos referentes que el PP. Paradigmático es el caso de José Bono, cuyas coincidencias con el ideario del Partido Popular van incluso más allá de lo económico, hasta el punto de que a nadie le sorprendería verle mañana en las filas populares, siguiendo la estela de otros “socialistas” históricos, como Cristina Alberdi.

Volviendo a la economía, dudo que ningún asesor o cargo socialista haya estudiado nada distinto a la microeconomía y macroeconomía de la síntesis neoclásica keynesiana que ha sido “mainstream” estas últimas décadas. Me sorprendería sobremanera que alguno tuviera entre sus referencias teóricas y economistas de cabecera, no ya a Marx, sino a Piero Sraffa, Paul Davidson, Michal Kaleki o Manfred Max-Neef, por poner algunos ejemplos de economistas heterodoxos. El PSOE sigue un modelo económico completamente ortodoxo.

Desde mi punto de vista, el problema del PSOE es que, desde su propia propaganda, sigue tratando de hacerse ver como un partido de izquierdas, y aunque efectivamente intenta hacer -a veces- una política social de centro-izquierda, sigue claramente una política económica de derechas. Su cercanía al PP en ese sentido es bastante grande, y es lo que hace que exista una cierta capacidad de trasvase de votos entre uno y otro, normalmente como voto de castigo ante una mala gestión, aunque el trasvase es potencialmente mayor desde el PSOE al PP que desde el PP al PSOE, ya que un votante de derechas, siempre preferirá dirigir su voto a su opción natural. Y este es quid de la cuestión, que el votante natural del PSOE, su suelo electoral, está definido y dirigido por su identidad pública, por su imagen proyectada, y no por su identidad real, y ambas identidades difieren enormemente.

Por eso, además del voto de castigo ante escándalos, casos de corrupción, o por simple desgaste y falta de confianza en los líderes del partido, que termina traspasándose al PP, en el PSOE se produce un trasvase adicional de votos hacia partidos a su izquierda, y hacia la abstención, que se produce no sólo por castigo, sino por desencanto, cuando se hace demasiado patente la naturaleza neoliberal de sus políticas económicas hasta el punto de no verse compensado por medidas sociales, o cuando estas últimas se ven recortadas o impedidas por el efecto de las decisiones económicas, como ha sido el caso durante su último gobierno en los comienzos de la actual crisis. Cuando esto sucede, muchos votantes de los que piensan que votando PSOE votaban a la izquierda, quedan defraudados y dejan de votar, o votan a otras opciones minoritarias a la izquierda del Partido Socialista.

Y es ahí donde entra Izquierda Unida y en menor medida EQUO y otras formaciones más pequeñas, todas ellas a la izquierda del PSOE. También están las formaciones de la izquierda nacionalista, pero el análisis de éstas últimas es análogo a las fuerzas nacionalistas de derechas, siendo su principal característica diferenciadora frente a los partidos de ámbito estatal que utilizan el recurso del sentimiento de explotación por parte de España como reclamo para los votantes, y como excusa ente los errores de su gestión. (Y con esto no digo que exista ni que no exista dicha explotación, sino que simplemente describo su utilización estratégica) En cualquier caso, centraremos el análisis en los partidos de izquierda no nacionalistas.

¿Por qué no hay más gente que vote a los partidos a la izquierda del PSOE?

A mi modo de ver, hay dos problemas principales que afectan intensamente a estas formaciones, más allá de otros obstáculos secundarios aunque también importantes, como el ninguneo de los medios de comunicación, escasez de líderes carismáticos, etc.

El primero de ellos, es que la dinámica bipartidista del sistema, tal como se ha denunciado repetidas veces. Ésta dinámica propicia la concentración de votos en los dos grandes partidos debido al denominado “voto útil” o “voto en contra”; es decir, que mucha gente vota al PP para que no gobierne el PSOE, y al PSOE para que no gobierne el PP, aunque no sean sus opciones personales preferidas, sino porque el sistema hace que sea más factible evitar que gobierne la opción menos deseada votando al rival más grande de éste. Se argumenta contra la idea de la injusticia del sistema electoral, que tanto la ley d’Hont como el sistema de circunscripciones por provincias son iguales para todos, y que en realidad no es el sistema, sino la incapacidad de los partidos minoritarios para atraer votos, lo que impide que dichas formaciones sean una auténtica alternativa de gobierno. Este argumento es falaz, porque si bien es cierto (y de Perogrullo), que si uno de estos partidos consiguiera que le votara un muy superior número de españoles, se vería en la posición en la que actualmente están los dos partidos hoy mayoritarios, la realidad es que tras los primeros dos o tres procesos elecciones se define una primera relación de fuerzas, y a partir de ahí el efecto de voto útil que describíamos anteriormente es devastador y la tendencia natural es a la acumulación de apoyos en dos partidos que se turnan en gobierno y oposición, siendo una tarea titánica invertir dicha relación de fuerzas. La única forma de que esto suceda es porque alguna de las fuerzas hegemónicas se desplome por algún desastre, como sucedió con UCD en su día o con el PASOK en las últimas elecciones griegas.

El segundo gran problema de estas formaciones minoritarias de izquierdas no es que no tengan un modelo económico y social alternativo, sino que muchas veces parecen beber de demasiados, no ya en el seno de la izquierda, sino dentro de un mismo partido. Por un lado, se presentan una multitud de formaciones con programas ligeramente distintos, todos ellos reclamando para sí la verdadera esencia de la izquierda, al modo del famoso sketch de Monty Python en "La Vida de Brian", con el Frente Judaido de Liberación a tortas con el Frente de Liberación de Judea. Debido a esto, los electores no saben realmente a quién votar dentro de un espectro de partidos pequeños ante los que cualquier nueva formación es capaz de competir. Hay que tener en cuenta también, que los votantes de izquierda, en contraposición a los conservadores, no temen, sino que buscan el cambio ante una realidad que les es hostil y con la meta del progreso social, pero no todos tienen el tiempo, las ganas o los conocimientos necesarios para separar el grano de la paja, lo que lleva a muchos de ellos a lanzarse en los brazos del primero que llegue ofreciéndoles cambios y nuevas ideas, aunque dichos cambios sean en ocasiones ideas peregrinas que vayan a traer consigo el progreso, ni lleven a ningún sitio. Al final, el votante medio de algunos de estos partidos, más allá de ciertas líneas generales, no tienen muy claro qué es lo que está votando, ni si votando al partido de al lado estarían votando las mismas propuestas u otras distintas, y lo que es peor, dudan –y yo también en alguna ocasión- que los mismos dirigentes de estos partidos sepan definir la ideología de su propio partido y cual es el modelo que ofrecen. En ese sentido, resulta paradigmático el ejemplo de Izquierda Unida, cuyo nombre parece a veces un oxímoron.

Desde los medios, se habla de IU como de “izquierda radical”, “comunistas”, "anticapitalistas" y “marxistas”, y muchos de los miembros de esta formación, pertenecen al PCE, y/o se consideran a sí mismos con orgullo dentro de cualquiera de estas categorías –aunque otras formaciones políticas más radicales no consideran el PCE un verdadero partido comunista-, y la propaganda e imagen proyectada por IU -curiosamente tanto por sus adversarios como por ellos mismos- viene a ser cercana a estas coordenadas, pero comparten federación con otros partidos internos que no abrazan, ni de lejos, esos ideales. El resultado final, sí atendemos a una definición clásica, es que el comunismo y el socialismo económico y social en IU brillan por su ausencia. Entonces ¿Cuál es su política económica? ¿Son eurocomunistas, socialistas, marxistas, neomarxistas, postkeinesianos, ecologistas, institucionalistas, socialdemócratas…? Pues probablemente un popurrí de todo difícil de mezclar sin que se produzcan las contradicciones y tensiones internas que terminan siempre por trascender y perjudicar a este partido. Se produce, de nuevo, una disonancia entre la identidad pública de IU y su verdadera política económica y social.

¿Y cuál es esa política? Pues si atendemos a lo que se plasma en los programas de IU desde el punto de vista social, su defensa de los principios democráticos, su pretensión de reformar el sistema actual, y ese cocktail teórico-económico del que hablábamos antes, les convierten en mi opinión (y alguno me querrá colgar por decir esto) en el principal partido socialdemócrata de España –entendiendo como socialdemocracia la acepción clásica de la misma-, aunque ellos mismos renieguen de ello. Esto es paradójico, porque si asumieran este papel, y se presentaran así al electorado, es posible que atrajeran a muchos votantes de la izquierda moderada y del centro izquierda que votan al PSOE o se abstienen, a los que asusta la idea de que unos stalinistas totalitarios se hagan con el poder y empiecen a expropiar a todo el mundo sus propiedades y sus libertades, montando gulags en Despeñaperros (todos sabemos la probada eficacia de la propaganda burguesa en su propósito de desprestigiar el comunismo)

En este sentido, el verdadero problema para esta formación, es que no están convencidos de poder minimizar la pérdida de los votantes más a la izquierda que, en cierto modo, están “robando” a las formaciones de verdadera extrema izquierda comunista revolucionaria, o de compensar dicha pérdida con suficientes nuevos votantes atraídos por su programa socialdemócrata, ya que tienen un “okupa” llamado PSOE viviendo de prestado en la casa de la socialdemocracia.

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